No me puedo imaginar un perfil de emprendedor mejor que un niño. Un niño piensa que puede conseguirlo todo. Un niño se obsesiona con las cosas que le gustan y no les hace caso a las que no le gustan. Un niño no para de imaginar y de pensar. Un niño juega todo el tiempo y vive para ser feliz. Un niño es valiente, intrépido, aventurero pero a la vez mide los riesgos. Intenta las cosas una y otra vez hasta conseguirlas.

Un niño se las ingenia para conseguir lo que quiere. Lo intenta por si mismo o pide ayuda a quien sabe que puede hacerlo. A los papás y mamás enseguida nos asignan poderes en función de nuestras habilidades: curar, jugar, proteger, dormir, comer, pasear.  Y usan todos sus recursos para que les ayudemos en lo que necesitan de nosotros. Un niño está sólo en una playa sin nada alrededor, y encuentra la manera de que se convierta en un campo de juego.

Buscando piedras

Buscando piedras

Y el mundo necesita de los niños. De niños que sean niños. Niños que jueguen, que canten, que salten, que bailen. Que molesten a los mayores a los que les molestan los niños. Que no se cansen de ser niños y que no dejen de serlo por el mero hecho de que los mayores les empujemos a ello.

Un emprendedor es como un niño. No se plantea que algo no puede hacerse. No piensa en sus limitaciones ni en las veces que le han dicho “no”. No se frena ante el primer tropiezo, ni deja de intentarlo cuando no lo consigue. Un emprendedor pivota, busca nuevos caminos, nuevas soluciones. Se junta con gente que sabe más que él para hacer equipo.

El mundo necesita emprendedores. Los emprendedores mejoran el mundo. Esto es así. Solucionan cosas que deben ser solucionadas, incluso cosas que no sabíamos ni que eran un problema. Piensan nuevas y mejores maneras de hacer las cosas. Cambian las cosas, porque saben que pueden cambiarlas.

Así que fabriquemos Niños Emprendedores. El mundo nos lo agradecerá.