Palabra de Pau

Padre de dos. Bloguero. Podcastero. Tuitero.

arbitro de espaldas

Frustraciones de padre: Árbitro no tienes ni idea

Este fui yo ayer. En un partido de baloncesto entre criaturas de 8 años. Gritándole a un chaval de poco más de 18 años que debe cobrar 20 euros para ir a arbitrar un partido.

Siento vergüenza propia y ajena por lo nervioso que me he puesto últimamente en los partidos. Vergüenza porque siempre he pensado que yo no me comportaría así e incluso he criticado a esos padres que gritaban y se ponían nerviosos en partidos de niños. Pero ha llegado el momento y, otra vez, me he tragado mis propias palabras y pensamientos de paternidad de cartón piedra. Una vez más, el «yo nunca gritaré al árbitro o me pondré nervioso en un partido de mis hijos» se ha convertido en un padre gritón, faltón y nervioso por un partido intranscendente entre criaturas de 8 años.

Os prometo que voy a los partidos en modo Zen total. Con mi mejor voluntad de estar tranquilo, animar al equipo y aplaudir cuando toca. Pero llega el momento y me transformo. Intento pensar de dónde nacen esos nervios, esa tensión autoimpuesta y me cuesta encontrar los motivos.

QUIZÁS sea mi yo ex-jugador que se me aparece y me posee. Ese jugador de baloncesto con poco talento pero mucha energía que compensaba la falta de habilidad con esfuerzo, lucha y trabajo en equipo. Que se dedicaba a animar y empujar a sus compañeros para que dieran lo mejor de sí en cada partido.

QUIZÁS sea una de esas frustraciones que tenemos los padres y transmitimos a nuestros hijos. El de no haber llegado a sernosequé y pensar que mi hijo si podría llegar si se esforzara y lo peleara más. Si entrenara cada día 89 horas y su vida girara entorno al deporte. Si yo, como padre, me lo llevase cada día al parque a entrenar y así poder, algún día, decir «Yo le he hecho así».

QUIZÁS es orgullo de padre herido porque pierden muchos partidos y eso, indirectamente, quiere decir que soy un mal padre porque mi hijo es un mal jugador y no he hecho nada para que sea mejor. Y entonces es más fácil culpar a los árbitros, a los entrenadores o a los compañeros en lugar de aceptar que simplemente el otro equipo es mejor y chinpún.

QUIZÁS es rabia por saber que a mi criatura se le pasará la rabia del partido perdido a los 3 minutos de acabar y yo seguiré pensando que podrían haber ganado si hubieran hecho eso o aquello. Y pensar que debe ser más competitivo, concentrarse o yoquesequé.

Si, ya lo sé. En tu mente ahora mismo me estás dando lecciones morales. Que si debería dejar que disfrute del deporte simplemente. Que como padre debería centrarme en animar y aplaudir. Que estoy dando un mal ejemplo a mis hijos. Que incluso pueden llegar a avergonzarse. Si yo todo esto lo sé.

Pero la semana que viene llegará el siguiente partido y, quizás, volverá a pasar.

Cartela "No soy el padre que pensaba que sería"

No soy el padre que pensaba que sería #PalabraDePau

8 años y medio no pasan en balde. Soy más viejo, más gordo y más calvo. Tengo menos energía, y debo modularla más. También tengo más experiencia, tanto para lo bueno como para lo malo.

He cogido el padre que pensaba que seria, le he restado el padre que creo que soy ahora y este es el resultado.

MENOS PACIENCIA

Tengo menos paciencia. Con los enfados y las rabietas. Con los ataques de ira. Con su tozudez para aprender, para escuchar o para hacer algo. Me sube la bilirrubina más rápido. No sé si es por el cansancio, por el «callo» que me han causado las experiencias pasadas con ellos o porque ellos están más intensos. Pero a veces les grito. A veces me enfado irracionalmente. A veces permito que los problemas del trabajo o de la vida afecten mi relación con ellos.

MÁS EXIGENTE

Conmigo mismo, porque creo que ya lo sé todo y que debería tener ya soluciones para todo – sobretodo cuando me comparo con mi yo padre primerizo que no sabía nada pero afrontaba todo con valentía.

Con ellos también, y quizás ligado a la falta de paciencia, pero les exijo más. Esfuerzo, resiliencia, educación. Y se lo exijo desde una postura de «esto debería hacerlo porque sí»- muchas veces sin aportar nada de mi lado.

MÁS DESCONFIADO

No me fío del sistema educativo. No están preparados para gestionar de manera personalizada las necesidades de mis hijos. No tienen soluciones a algunos de los problemas que se enfrentan en la escuela. No nos informan a los padres. Responden con evasivas, dando largas y chutando la pilota para alante.

MENOS SOCIAL

Tras 6 y 4 años compartiendo parque y cumples con los otros padres y madres de la escuela (mis criaturas llevan con el mismo grupo de escuela desde los 3 años), ya no intento caerles bien a todos. Ya no soporto depende que qué tonterias en los grupos de whatsapp de padres o en las reuniones de escuela.

También escribo menos en el blog. Comparto menos mis pensamientos sobre paternidad en redes sociales. Participo menos de esta maravillosa comunidad que son los Papás Blogueros. Veo las mismas quejas, padrazadas y conversaciones en padres recientes que ya compartíamos hace 8 años, y me desespera esta sensación de Hamster reinventando la sopa de ajo.

PERO NO EN TODO TENÍA QUE SER PEOR… HAY ALGUNAS COSAS QUE VAN MEJOR DE LO ESPERADO

CONCILIO MÁS

Concilio más y mejor de lo que me esperaba. Puedo acompañarlos casi cada mañana. Puedo pasar tiempo de calidad con ellos cada día. Puedo correr a por ellos cuando hace falta.

Creo que he llegado aquí por dos motivos – equipo y elección.

He tenido la suerte y el privilegio de poder elegir empleos y empresas que me garantizaban flexibilidad laboral. Y he tenido la suerte de que la mayoría de mis jefas (porque la mayoría han sido mujeres) me han ayudado a equilibrar la vida personal y profesional.

Y respecto al equipo…

PAREJA MÁS FUERTE

Somos una pareja más fuerte incluso de lo que esperaba. Totalmente alineados en lo que refiere a paternidad. Totalmente complementarios en lo que hacemos para que esto funcione.

Hemos sido transparentes, ambiciosos y valientes para ir un paso más allá cuando ha hecho falta, teniendo claro que siempre la única prioridad era la familia. Y nos va muy bien.

superficie con mancha y un trapo limpiandolo

Limpiar se lleva en los genes #PalabradePau

Eso creía yo. O más bien, eso quería creer.

La primera vez que fui a vivir sólo, compartía piso con un vasco y un gallego, y a veces con un colega suyo llamado Pincho que vivía intermitentemente en nuestro sofá (pero esta historia, amigos, es para otro día). En ese piso no limpiaba ni el aire. De vez en cuando alguno de nosotros cogía la escoba y decidía apartar las cajas de pizzas y las botellas de loquefuera acumuladas y barrer. Poco más. Un dia, la novia de uno de ellos se vino a vivir al piso (que era de los dos, por cierto) y se acabó la «buena vida».

Al cabo de un tiempo (y de que decidieran que querían el piso para ellos, como es normal), empecé a compartir piso con una amiga y su primo. A ella le gustaba limpiar (o eso decía para poder sobrevivir en ese caos) así que mis responsabilidades de limpieza se limitaban a mi habitación. Barrer de vez en cuando y limpiar las sábanas – de vez en cuando también.

Mis siguientes experiencias con la limpieza no son muy diferentes. Compartiendo piso a veces y viviendo solo otras, la limpieza nunca estaba entre mis prioridades ni mis aficiones – aunque mi alergia al polvo lo padeciera. Para ejemplo de mi nivel de esa época, una historia más que real.

Un día, alguien que vino a mi casa para 3 días (y aún sigue aquí) me preguntó:

  • ¿Dónde tienes los productos de limpieza?
  • Debajo del salpicadero de la cocina
  • Pero… si ahí sólo hay un bote de KH-7 y un friegasuelos
  • Pues eso.

Mi responsabilidad y mis habilidades para con la limpieza eran inexistentes. En el recibidor de mi piso había una mancha negra en el suelo. Al principio era pegajosa pero poco a poco fue integrándose con el suelo hasta que se convirtió en una especie de felpudo integrado. Fregué un par de veces con el friegasuelos arriba mencionado pero nada, no se quería ir. Le debía gustar el ambiente. Alguien la eliminó nada más pisar mi casa, usando el otro 50% de mis productos de limpieza (y mira que en esa época yo usaba el KH7 para limpiar todo lo que no fuera el suelo… quien me iba a decir que para el suelo también hubiera funcionado!)

Ese era el nivel, Maribel. Hasta que, de pronto, eso cambió.

John lennon

Siendo sincero – ni fue de pronto ni ha cambiado todo lo que debería. Hoy en día, sigo renqueando en la corresponsabilidad con la limpieza del hogar, lo reconozco. Asumo el mea culpa. He mejorado mucho, lo he trabajado mucho y me siento mejor por ello. Pero aún me queda un trozo del camino. Si fuera una carrera universitaria de 4 años, diría que estoy acabando tercero pero repitiendo aún alguna de segundo. Os dejo aquí como «titularía» cada curso de esta carrera.

  • 1º de Carrera – Limpiar en casa no es ayudar a tu pareja.
  • 2º de Carrera – No sólo hay que limpiar cuando algo está sucio.
  • 3º de Carrera – No sólo se limpia lo que se ve
  • 4º de Carrera – Limpiar mientras ensucias
  • Posgrado – No ensuciar

El tema de limpiar con niños en casa creo que da para un máster, porque es otro nivel. El tipo y la variedad de manchas que generan es de una riqueza cultural y de una diversidad que ya la quisieran en el fórum de las culturas o en la Expo.

Cómo ya os he contado, mi capacidad de quitar manchas siempre ha sido bastante limitada. De mi padre aprendí la que hasta hace poco era mi única técnica quitamanchas – la «Nail ScratchEverything», conocida también cómo la Uña RascaTodo. La Uña RascaTodo consiste en usar la uña de tu dedo índice de la mano derecha para rascar las manchas que generas. Funciona mejor con manchas secas, incrustadas y que lleven días. Es una técnica muy muy práctica porque no requiere inversión ni esfuerzo, aunque la verdad, su eficacia es bastante limitada. Mejor dicho, no funciona casi nunca.

Por suerte, hoy en día es fácil encontrar respuestas, ya sea entre algunos compis Papás Blogueros (entre ellos el gran Pedro Caballero – aquí sus trucos para limpiar armarios de cocina) y el amigo San Google (aquí los trucos de KH-7 para quitar manchas).

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16 + 16 = 26 < 36 << 156

Desde el 1 de Enero de 2021, los permisos de paternidad pasan a ser de 16 semanas para ambos progenitores. Pero las matemáticas no cuadran.

16 = semanas de las que disponen las madres desde hace muuuchos años para el cuidado de los recién nacidos (o adoptados)*.

16= semanas de las que disponen los padres desde hace pocos días para el cuidado de los recién nacidos.

26 = semanas de las que disponen las criaturas recién nacidas para estar con sus progenitores (las 6 primeras con ambos y luego 10 semanas con cada uno).

36= semanas de Lactancia Materna Exclusiva MÍNIMA que recomienda la OMS.

156= semanas que tiene la criatura al cumplir 3 años, edad a partir de la cual el estado te garantiza su educación.

Las matemáticas no engañan, y en este caso no cuadran.

Que sí, que extender el permiso de paternidad hasta las 16 semanas es una buena noticia. Es un primer paso hacia la corresponsabilidad de ambos progenitores en el cuidado del recién nacido, para asegurar que la madre tiene el acompañamiento necesario de su pareja durante el postparto y que, a partir de esas 6 semanas, ambos asumen la corresponsabilidad del cuidado con esas 10 semanas que les quedan de «saldo» a cada uno. En definitiva, te da tiempo. Un tiempo limitado e insuficiente y que fomentará el efectopicha y la aparición de padrazos de cartón piedra; pero aún y así es mas del que tuve yo cuando nacieron mis dos criaturas. Pero no deja de ser una arma de doble filo. Los amigos de PPINA lo cuentan tan bien aquí que no voy a repetir sus argumentos.

Pero sí que os voy a soltar mis 4 verdades sobre el tema.

EL DERECHO PARA LAS CRIATURAS : Cuidar no es un derecho de los padres, que pueden decidir si lo ejercen o no. Quien tene el derecho a ser cuidado es el recién nacido, y los progenitores la obligación de cuidarlo. El tiempo debería estar vinculado a las criaturas, y los progenitores obligados a cumplirlo. Así garantizamos también el debido soporte a las familias monom(p)arentales.

PAPÁ NO TE ESCONDAS: Tener un hijo es una experiencia transformadora. Es un golpe de timón en tu vida. Ser padre de verdad (en lugar de fingir serlo) requiere ser valiente. Hay que permitir que los hombres aprovechen esta oportunidad para cambiar e implicarse. Para ser hombres de verdad.

LA CONCILIACIÓN NO EXISTE: La conciliación es un cuento chino. Un invento para hacernos creer que podemos llegar a todo, pero es mentira. Lo que existe es renunciar, adaptarse y ser flexible. Ni el estado ni las empresas lo harán por nosotros. Aportarán lo que puedan por su lado, pero las matemáticas no engañan. El estado te dice que desde que se acabe el permiso de paternidad hasta que empiecen infantil, apañatelas como puedas. Y las empresas te dirán que tu jornada laboral es de 8 horas al día (sin contar desplazamientos ni comida), y que si la escuela sólo cubre 6 horas, te las apañes como puedas.

AMBICIÓN PROFESIONAL SIENDO PADRE: La culpa será tu inesperada compañera de viaje durante toda tu vida como padre. Pero en el ámbito profesional toma unos matices aún más perversos, porque eres tú yo profesional fustiga a tu yo personal y viceversa para que ser tu preferido. Y mientras tus hijos esperan que estés ahí siempre que quieran.

Y tú – ¿qué opinas?

Esta entrada forma parte de la iniciativa de Papás Blogueros «12 Meses 12 Posts» para Enero 2021.

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He usado mi casuística familiar (madre gestante y padre biológico) para ilustrar mi opinión – pero soy consciente esta casuística puede no ser válida para muchas familias (dos madres, dos padres, una madre, un padre). ¡Estaré encantado de leer en los comentarios cuál es tu caso y que opinión tienes al respecto!

*Cualquier mención en este texto a nacimientos es aplicable a adopciones – no he encontrado una palabra que incluya ambas casuísticas y por motivos de legibilidad no he querido repetirlo en cada caso.

Manos sujetando una máscara blanca con fondo negro

Hipocresía paternal

«La paternidad y la hipocresía van de la mano, igual que la cebolla y la tortilla de patatas» Sócrates

Ser padre es ser hipócrita. Es mentir. Es fingir. Es actuar. No hay más.

Es pretender que tienes bajo control la situación, que sabes cuáles son los mejores pañales para tus hijos y que el carrito que has elegido es el mejor de entre las millones de posibilidades. Es disimular delante de tus propios padres y familiares que tú mejor que nadie sabes lo que le conviene a tus criaturas, cuando el 90% de las veces tomas las decisiones al azar (o intuición que le llaman los más necios).

Es fingir que los padres de sus compañeros de guardería te caen bien cuando en realidad tu vida te la sopla y lo único que quieres es estar tranquilo viendo a tu hija comer tierra a puñados y preferirías escuchar «Baby shark» en bucle durante 2 horas a que Juancho te cuente por enésima vez sobre lo creativo que es su hijo al intentar poner las piezas rectangulares en los agujeros circulares.

Es sonreir y poner cara de Padrazo en plan «es un momento maravilloso y estoy en la cima del mundo» cuando sales a pasear con tu recién nacido y las señoras viejas te dicen algo en el supermercado cuando realmente estás muerto de sueño y lo único que quieres es que el puto niño se duerma y sentarte al sol en un banco, cerrar los ojos y trasladarte por unos segundos a esos momentos de noches demasiado cortas y cervezas demasiado largas.

Pero esta hipocresía es fácil de hacer e incluso es placentera, porqué es hacia fuera. Hacia gente que te importa una mierda y hacia la cuál haces gala de educación porqué confrontarles o mandarles a la mierda requiere más energía, algo de lo que no vas precisamente sobrado.

Pero cuando las criaturas crecen, aparece otro tipo de hipocresía más xunga, más difícil, de la que te consume por dentro.

«Cariño, hay que esforzarse al máximo para hacer las cosas lo mejor posible» le dices cuando te enseña un cuadrado, dos redondas y dos palos y pretende que entiendas que es Bob Esponja al lado de Patricio. Y se lo dices tú, que esa misma mañana has estado 3 horas viendo vídeos de TikTok en lugar de currate esa presentación que tenías que hacer a las 12h para finalmente en 15 minutos y gracias a la magia del Ctrl+C Ctrl+V hacer una chapuza de la que te avergüenzas.

«Papi, la gorda que sale por la tele es una cerda». Y tú le riñes de manera enérgica y le dices que no hay que juzgar a las personas por su físico ni reirse de ellas ni mucho menos etiquetarlas con palabras como gorda o cerda, mientras dudas si esas palabras realmente las ha dicho él o ha sido tu cerebro infantil de mierda, el mismo que hacían que le llamaras Chettos tu amigo Pedro de 4rto B.

«Hijo, ponte la mascarilla aunque estés en el parque corriendo con tus amigos» le dices mientras él te mira extrañado y se la pone de nuevo con cara de resignación mientras te ve sentado en la terraza del bar de al lado del parque, compartiendo una mesa de 4 con otros 13 padres y madres tomando una cerveza y fumandote un cigarrito tan a gusto.

Quizás ser padre es ser hipócrita. Quizás educar es ser hipócrita.

Imagen de libro “Elige tu propia aventura”

Decisiones Paterno-laborales Confinadas

“¿Papi, tú dónde aprendiste a ser padre?”

En estos tiempos de escolarización en casa, de sentarse con ellos a explicarles que són las pirámides o de montar esqueletos humanos con cubiertos de plástico, uno de los “mantras” que les repito a nuestros peques es la importancia de aprender y de ser constante. A mi hijo de 6 años esto de que las cosas hay que aprenderlas le sonó raro pero le llamó la atención… y entonces me preguntó que si los padres íbamos a alguna escuela para aprender a ser padres.

Antes de tenerlo a él, antes de ser padre, yo ingenuamente pensaba que sí. Pensaba que podría “estudiar” para ser un padre perfecto. Ya durante el embarazo me leí libros de guruses, me conectaba a foros de embarazadas y llevaba una lista escrita de preguntas para la ginecóloga primero y la pediatra después. Pero poco a poco me dí cuenta que eso no bastaba. Que lo que leía o veía o me contaban era interesante, pero que ser padre no se basaba en grandes decisiones que tomabas de manera consciente.

Mientras mis criaturas eran bebés y hasta que fueron a la escuela más o menos, ser padre(s) era sobretodo improvisar una cantidad inmensa de microdecisiones – una especie de cara o cruz de la paternidad a lo “Cría cómo puedas”. Buscar dentro de mí ese “instinto paternal” que se supone que tenemos y dejarme guiar por él en la toma de decisiones. Por suerte, el enorme volumen de decisiones que debes tomar con las criaturas se reduce bastante a partir de los 2-3 años… quizás porque automatizas muchas de ellas basado en la experiencia o porqué le das menos “trascendencia” a cada microdecisión.

Pero el PUTO confinamiento me ha vuelto a esa cruda realidad. A la dura situación de tener que tomar muchísimas más decisiones respecto a mis hijos de las que estaba tomando hasta antes del confinamiento. Antes del confinamiento era muy fácil, porque sólo tenía que tomar la decisión díficil cuatro veces a la semana; de lunes a jueves, sobre las 17h30-18h, sentado en mi oficina, debía decidir si me iba ya para casa o si me quedaba un rato más trabajando y acabando cosas que tenía pendiente. Saber que llegaría esta decisión me ayudaba además a ser más productivo durante todo el día… porque sabía que si era productivo durante el día esa decisión era más fácil de tomar.

Pero durante el PUTO confinamiento tengo que tomar esta decisión un millón de veces al día, y me está matando. Cada media hora entre las 7h y las 18h tengo que decidir si la paso con ellos, trabajo o la dedico a hacer cosas de casa, y es una auténtica locura. Y eso que el EquipoAlber nos planificamos y combinamos y compenetramos realmente bien… pero aún así se me presentan esas decisiones a cada momento. Es como si en los libros de “Elige tu aventura” las decisiones tuvieras que tomarlas después de cada frase. Y lo pero de esta situación no es tener que tomar decisiones.

Lo peor es la culpa. La frustración. La rabia. La impotencia. La sensación de que hagas lo que hagas estás obrando mal, estás tomando la decisión incorrecta y se quedan cosas pendientes… sentirte mal por ponerles a tus hijos Netflix a las 11h de la mañana porque tienes una videollamada y sentirte mal a las 11h30 por no conectarte a una videollamada y ponerte a bailar Zumba con la canción de los Minions. La impotencia de no poder hacer las dos cosas a la vez y la rabia de que quienes SIEMPRE acaben pagando el pato sean quienes menos culpa tienen, porque parece que sus derechos son los menos importantes. La frustración de dedicarles tiempo pero tener que improvisar qué hacer entre estas cuatro paredes de las que no han salido en un mes.

Y la culpa que siento cuando a las 20h de la tarde no tengo fuerzas ni ánimos para hacer nada más y lo único que quisiera hacer es tumbarme en la cama y cerrar los ojos bien fuerte para que al abrirlos todo esto hubiera pasado. Y entonces llegan los aplausos y te recuerdan que tus putas quejas y tus putos problemas son unos problemas de mierda y tus problemas sobre decisiones serían una bendición para los destinatarios de esos aplausos – gente que se no ha tenido opción a decidir si arriesgar su vida para cuidar de nosotros, proveernos de alimentos o asegurarse de que tengamos lo que necesitamos.

Y entonces se produce un efecto contradictorio – a veces la culpa se multiplica por sentirte culpable por problemas que no se lo merecen, y a veces la culpa desaparece porque se basa en problemas que no se lo merecen.

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